Novela Capítulo 1 «La Entrada del Conductor»

📖 Capítulo 1: La Entrada del Conductor

La sala de ensayos aún no estaba llena, pero el aire ya vibraba con una inquietud sutil. Algunos músicos se acomodaban entre sillas de madera barnizada, sus instrumentos reposando sobre regazos o fundas abiertas. Las luces del techo, altas y cálidas, dibujaban sombras suaves sobre las partituras que esperaban silenciosas. Afuera lloviznaba, y el murmullo de gotas contra los ventanales ofrecía una especie de preludio fantasmal.

Aria Laurent, primera violinista de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad, afinaba su violín con movimientos precisos. No hablaba con nadie. Sus ojos recorrían la sala con una calma aprendida, aunque por dentro su mente revoloteaba entre arpegios del pasado y escalas por dominar. Llevaba el cabello recogido en un moño impecable, su chaqueta negra ajustada con broche dorado a la altura del cuello, como si cada detalle fuera parte de un uniforme emocional.

Los rumores habían sido persistentes durante semanas: llegaría un nuevo director invitado, joven, brillante, y con una historia difícil de ignorar. Julian Valerius, prodigio de expresión intensa y apellido polémico. Nadie lo había visto en persona. Algunos lo describían como arrogante. Otros decían que era capaz de transformar una orquesta mediocre en un fuego sin control.

Cuando las puertas dobles de la sala se abrieron, no hizo falta presentarlo.

Julian entró sin mirar a los lados. Su andar era firme, como si el espacio le perteneciera. Vestía un abrigo largo color grafito, que colgaba pesado y elegante. En la mano sostenía una carpeta de cuero envejecido, probablemente cargada de partituras escritas a mano. Sus ojos—grises, casi metálicos—recorrieron la sala con una intensidad serena, sin sonreír.

Los músicos se quedaron en silencio. El murmullo murió antes de que alguien siquiera lo notara. No fue miedo. Fue algo más parecido a la expectación… o al respeto adelantado.

Aria se irguió, sin moverse de su asiento. Lo observó. Sintió un escalofrío no por frío, sino por reconocimiento. Había algo en él que le recordaba a una imagen vieja en el pasillo de su casa: el retrato del abuelo Valerius, marcado como traidor por su familia desde hacía décadas.

Julian saludó con un gesto mínimo. El comité organizador lo presentó con formalidades que se sintieron irrelevantes. Cuando tomó la palabra, lo hizo con voz clara y sin adornos:

—Espero que esta orquesta no toque como siempre. Espero que arda. Que no se escuche… sino que se sienta.

No fue una frase casual. Aria lo sintió como una provocación. Los demás también. Hubo una mezcla de suspiros y miradas de reojo, pero nadie respondió.

Julian se acercó al atril central sin permiso y sacó una partitura que colocó con cuidado. La orquesta se preparó. El ensayo iba a comenzar.

—Adagio en Do menor, de Laurent—dijo, sin mirar a nadie—. Quiero escuchar el alma de esta sala.

Aria respiró hondo. Esa pieza la había compuesto su bisabuelo, Silvain Laurent. La familia Valerius siempre había negado su autenticidad. Tocarla bajo la dirección de un Valerius era casi una blasfemia familiar.

La música comenzó. La tensión era audible. Cada nota era como una hebra tejida con cuidado entre heridas invisibles.

Cuando terminaron, Julian se acercó discretamente a Aria.

—Tu interpretación tiene precisión, señorita Laurent. Pero debajo… hay fuego. ¿No lo escuchas?

No esperó respuesta. Volvió al centro de la sala.

Aria bajó su arco lentamente, sin responder. Pero en su pecho, algo había comenzado a vibrar. No era música. Era la memoria. Y tal vez, algo parecido al deseo.

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